El periodismo es una actividad casi por completo fuera de norma. No sólo su elaboración está hecha ajena a todo estándar o regularización de la técnica (todavía hoy se experimenta con colores, formas y elementos de paginación): la obtención de información, la exposición de la misma, la organización de géneros y subgéneros y finalmente la interpretación y análisis de su lectura, son pasos y presencias del periodismo que por completo se encuentran ajenos a cualquier normatividad universal, tanto que autores como Leñero-Marín han llegado a insinuar que se está frente a una actividad “en ciernes”.
Lo cierto es que el periodismo está, a por lo menos trescientos años de la formación de su etapa “moderna”, lejos por completo de ser considerada una actividad naciente. Plumas –y con ello se quiere dar a entender autores-, editores y analistas han ido y venido de tal suerte que hoy tenemos en la labor periodística un complejo y rubicundo acervo de textos y de historia.
Ahora bien, el periodismo del siglo XIX, podría decirse, sumó dos caos: uno, el de la actividad en sí, cuyos manuales no hacen más que referirse a las múltiples cosas por hacer dentro del mismo gran saco rotulado “periodismo”, y otro, el de un siglo marcado por la guerra y la inestabilidad de toda una nación, quizá como el periodismo, también “en ciernes”.
A este respecto, es natural que en la definición de toda nación, existan herramientas que permitan hacer más eficiente la cohesión social. Toda patria que ve la luz requiere, por lo menos, de dos cosas: suelo e identidad. Lo primero se consigue con la guerra, el acaparamiento y, en ciertos casos, el saqueo. La identidad es aún más compleja, pues consiste, en esencia, de una evolución y estructuración paulatina de la autodefinición de la suma de individuos en tanto grupo social, y por ende su “deseo” o identificación con esa misma identidad.
A la identidad la constituyen necesariamente elementos simbólicos: un lábaro patrio, un himno, un escudo, un personaje, una leyenda, un platillo típico, un animal mitológico. Para la constitución de estos símbolos, sin embargo, no basta la institucionalización y la escritura de libros de historia y crónica: es también requerido el impulso vital de la cultura y el folklore, únicas actividades capaces de constituir la identidad en sí.
En este punto accede al panorama de la formación de las naciones el periodismo cultural. En el caso concreto de México, nos referimos con este término a toda actividad que pretenda la difusión de información relacionada con la cultura y sus múltiples manifestaciones, sobre todo el arte y el folklore.
El periodismo cultural en México ha encontrado un fuerte derrotero en el formato de la revista. Hasta hace poco, la revista era sin duda la forma más eficaz en que el arte era capaz de difundirse en sus manifestaciones más novedosas y en sus conocimientos más añejos. El caso de publicaciones como Saber ver, Hoja por Hoja y Letras Libres deja claro que, por la profundidad que sus artículos requieren, el cuidado de sus ediciones y el manejo concienzudo de su información, ningún otro “papel bajo el brazo” como la revista transmite información artística –al menos en la rama de las artes plásticas- con la semejante fidelidad. Desde el periodismo cultural que se ejerce en las publicaciones de revista, se analiza, critica, expone y defienden definiciones de corrientes y técnicas, autores y movimientos. Incluso han sido las revistas culturales las que por mucho tiempo han sido bandera y portavoz de nuevas escuelas, como el caso del modernismo en la Revista Azul.
Para el caótico siglo XIX mexicano, el periodismo cultural constituiría una especie de caja fuerte de las letras. En las publicaciones de revistas se generarían y difundirían las novelas, cuentos, poemas y obras de teatro que la inestabilidad de la nación impedía a ratos se compartieran, expusieran, criticaran, comentaran y montaran en escuelas, tertulias y teatros. A este respecto, la República Literaria sería un verdadero valuarte de las letras en el occidente de México, y muy probablemente sin su existencia el paso entre neoclasicismo, romanticismo y realismo sería difícil de entender.
Quizá convenga hacer aquí un breve recuento sobre lo que fue el siglo XIX mexicano en lo histórico, y aclarar que de esto mucho tocó a Jalisco como región importante del territorio nacional. En los años posteriores a la revolución armada de 1810, México vivió dos invasiones y una intervención, sin contar los varios conatos de eso mismo; por lo menos tres formas de gobierno, entendiéndose repúblicas, imperios y dictaduras; el paso del poder de una posición ideológica a la otra, en múltiples ocasiones; la huída de un presidente y la elaboración de tres constituciones. En menos de 90 años, nuestro país vivió lo que otras naciones han tardado siglos enteros en recorrer.
Y en medio de todo ese desastre, entre balas, cañones y espuelas, México no dejó de hacer literatura. La República Literaria es muestra de ello.
Nacida en 1886, sus editores se propusieron de pronto la tarea de generar una publicación que diera lugar a toda pluma que se apreciara de tener cierta calidad, y cuyo esfuerzo estuviera centrado, como en el de toda publicación de formato revista, en darle valía a los contenidos con ilustraciones, adecuada combinación de tipografías y un buen manejo de la paginación.
Al respecto, no había excusas: con una circulación quincenal, sus elaboradores tenían tiempo de sobra, entre sus múltiples actividades (todos ellos veían en La República Literaria no una empresa dadora de sustento diario, sino una actividad a modo de hobby), para generar números que hoy constituyen, en las ediciones facsimilares a las cuales se tiene acceso, verdaderos orgullos jaliscienses y mexicanos por ende.
En muestra de esto, expone Felipe Garrido en su prólogo a la edición del tercer tomo de La República Literaria las palabras de José López Portillo y Rojas, uno de los principales editoras de la revista cultural, acerca del surgimiento de la publicación, exponiéndola más como una ocurrencia que como un proyecto con fines de sustento económico:
A principios de 1886 solíamos reunirnos varios amigas en la librería de don Eusebio Sánchez. En aquel local semejante a un templo, al grato olor de los volúmenes y saboreando una y otra caña de excelente manzanilla, nos entregábamos a conversaciones literarias. Deplorábamos la carencia de una publicación consagrada exclusivamente a las letras, donde pudiesen hallar cabida las producciones de todos los cultivadores jaliscienses;(…) Una mañana de tantas en que nos entregábamos a las mismas consideraciones, don Eusebio (…) nos exhortó a que fundásemos una publicación de ese género. Era preciso contar con que el importe de la impresión debería ser cubierto por los mismos redactores, pues sabido es que en nuestro país no se costean estas empresas; necesitábamos, pues, varios compañeros de buena voluntad (…) Manuel Álvarez del Castillo, Luis Pérez Verdía y yo lo acometimos a sabiendas.
En lo literario y en lo editorial, La República Literaria fue, pese a la corta duración de su circulación –mal común en las publicaciones literarias y culturales en general no sólo en el México del siglo XIX, sino también en el de la actualidad-, un verdadero guardián de las letras en medio del caos de la guerra y los constantes cambios en el orden político y social. Con su sensible actividad en pro del resguardo de la literatura y la crítica artística, el pensamiento sensible y los motivos de la inteligencia emocional de toda una época, la romántica mexicana, La República Literaria contribuyó, como intentaron hacerlo otras muchas revistas culturales de la época, a que hoy día podamos acceder a textos y autores cuya vida literaria y creativa se hubiera perdido, entre saqueos, golpes de estado y dictaduras, en los pasillos de la memoria colectiva.
Basta como ejemplo de ello un listado breve de sus múltiples colaboradores, hoy verdaderos baluartes de la literatura mexicana, serios exponentes de lo literaria y latinoamericanamente mexicano: Federico F. Alatorre, Gustavo Baz, Antonio Becerra y Castro, Manuel Caballero, Ramón de Campoamor, Salvador Díaz Mirón, Manuel M. Flores, Manuel M. González, Joaquín González Camargo, Manuel Gutiérrez Nájera, Jorge Isaacs, José López Portillo y Rojas, Manuel José Othón, Ricardo Palma, Juan de Dios Peza, Guillermo Prieto, Manuel Puga y Acal, Ignacio Ramírez, Victoriano Salado Álvarez, Esther Tapia de Castellanos, Luis G. Urbina y Antonio Zaragoza.
Dichos autores deambulan entre prácticamente todos los géneros posibles: “largas novelas publicadas a través de varios números, como La muerta, de Octave Faullet, (...) ensayos sobre la poesía europea y mexicana (…) Un lugar especial merecen las crónicas de Álvarez del Castillo (…) Los temas y los autores extranjeros abundaron: Guillermo Tell, Marat, Goethe, Heine, Miguel Ángel, Sacher-Masoch, Hugo, Taine (…)”
Entonces es posible decir que nos encontramos ante un material periodístico-cultural que en cierta medica contribuyó a la definición de nuestra identidad nacional: con el resguardo de autores hoy fundamentales de las letras mexicanas, La República Literaria miró al futuro de una patria y a la necesidad impostergable de un conjunto de símbolos nacionales que nos dieran constitución y cohesión como grupo social, partícipes de una misma historia.
Además está el hecho de que nadie puede dudar del lugar preferencial que ocupa el periodismo en el desarrollo de la Historia. Ya como simple cronista, ya como ordenadora de la realidad vía la interpretación de sus hechos, ya como protagonista, la actividad periodística nunca ha negado su fuerte influencia en la definición de nuestro rumbo como patria. La Historia nacional, y con ella la identidad mexicana, le deben al periodismo literario del siglo XIX, incluida La República Literaria, mucho más que el simple acceso a textos y autores hoy imprescindibles: le deben la creación de algo que llamamos “tradición”, y que constituye parte esencial de nuestro “sentir” patriótico mexicano.
Quizá, al final de todo este ensayo, resulte arriesgado asegurar que sin el periodismo cultural y las revistas literarias del siglo XIX, el arte mexicano, al menos en lo que a las letras se refiere, hubiera podido seguir su curso, desarrollarse y llegar a los albores del siglo XX con el suficiente garbo para su participación en el modernismo y su apertura a las vanguardias. Se puede, sin embargo, asegurar que nuestras letras y artes les deben en mucho nuestros modos presentes de entender la literatura y acceder a ella. Sin las revistas decimonónicas, quizá no leeríamos más, pero seguramente leeríamos, escribiríamos, interpretaríamos y hasta editaríamos distinto. La República Literaria está viva, presente, sonante. Es parte de todo jalisciense cercano a su cultura.
Bibliografía.
- Tapia de Castellanos, Esther, et. Al. La República Literaria. Revista de Ciencias, Letras y Bellas Artes. Año II. Tomo III. (edición facsimilar). Grupo San Carlos: México, 2005. 786 pp.
- ------------------------------------------ La República Literaria. Revista de Ciencias, Letras y Bellas Artes. Año I. Tomo III. (edición facsimilar). Gobierno del Estado de Jalisco: México, 1990. 839 pp.