martes, 8 de junio de 2010

La poesía de Antonio Zaragoza

Por más horrible y poco agradable a la vista que sus contemporáneos lo hayan descrito, su nada agraciada apariencia es el soporte de un gran talento poético que ha sabido desarrollarse en tierras mexicanas, ganando los elogios de los más dintinguidos poetas del siglo XIX. La poesía de Antonio Zaragoza tiene la virtud de concentrar el pesimismo y encerrar en lo corpóreo la fineza y gracia de lo divino que, en eterna contraposición al mundo material, es incapaz de existir en el mundo terreno y finito dejando como única alternativa la lenta expiración de la prisión de carne y hueso de tan elevado espíritu. Pese a estar cargada de un gran toque de romanticismo, su obra poética logra tener distinción gracias al ingenio de su pluma y a la forma en que constituye sus escritos.

Sin embargo, resultan pocas las palabras para poder describir con gran acierto y profundidad la poesía de este autor tapatío. Es mejor que ella hable por sí misma. A continuación, podrás encontrar una pequeña revista con una muestra de su obra y una breve descripcion biográfica y de estilo que será bastante útil para el conocimiento del autor.

Antonio Zaragoza / Poesía

lunes, 7 de junio de 2010

La República Literaria: salvar a México a través del periodismo cultural.

El periodismo es una actividad casi por completo fuera de norma. No sólo su elaboración está hecha ajena a todo estándar o regularización de la técnica (todavía hoy se experimenta con colores, formas y elementos de paginación): la obtención de información, la exposición de la misma, la organización de géneros y subgéneros y finalmente la interpretación y análisis de su lectura, son pasos y presencias del periodismo que por completo se encuentran ajenos a cualquier normatividad universal, tanto que autores como Leñero-Marín han llegado a insinuar que se está frente a una actividad “en ciernes”.
Lo cierto es que el periodismo está, a por lo menos trescientos años de la formación de su etapa “moderna”, lejos por completo de ser considerada una actividad naciente. Plumas –y con ello se quiere dar a entender autores-, editores y analistas han ido y venido de tal suerte que hoy tenemos en la labor periodística un complejo y rubicundo acervo de textos y de historia.
Ahora bien, el periodismo del siglo XIX, podría decirse, sumó dos caos: uno, el de la actividad en sí, cuyos manuales no hacen más que referirse a las múltiples cosas por hacer dentro del mismo gran saco rotulado “periodismo”, y otro, el de un siglo marcado por la guerra y la inestabilidad de toda una nación, quizá como el periodismo, también “en ciernes”.
A este respecto, es natural que en la definición de toda nación, existan herramientas que permitan hacer más eficiente la cohesión social. Toda patria que ve la luz requiere, por lo menos, de dos cosas: suelo e identidad. Lo primero se consigue con la guerra, el acaparamiento y, en ciertos casos, el saqueo. La identidad es aún más compleja, pues consiste, en esencia, de una evolución y estructuración paulatina de la autodefinición de la suma de individuos en tanto grupo social, y por ende su “deseo” o identificación con esa misma identidad.
A la identidad la constituyen necesariamente elementos simbólicos: un lábaro patrio, un himno, un escudo, un personaje, una leyenda, un platillo típico, un animal mitológico. Para la constitución de estos símbolos, sin embargo, no basta la institucionalización y la escritura de libros de historia y crónica: es también requerido el impulso vital de la cultura y el folklore, únicas actividades capaces de constituir la identidad en sí.
En este punto accede al panorama de la formación de las naciones el periodismo cultural. En el caso concreto de México, nos referimos con este término a toda actividad que pretenda la difusión de información relacionada con la cultura y sus múltiples manifestaciones, sobre todo el arte y el folklore.
El periodismo cultural en México ha encontrado un fuerte derrotero en el formato de la revista. Hasta hace poco, la revista era sin duda la forma más eficaz en que el arte era capaz de difundirse en sus manifestaciones más novedosas y en sus conocimientos más añejos. El caso de publicaciones como Saber ver, Hoja por Hoja y Letras Libres deja claro que, por la profundidad que sus artículos requieren, el cuidado de sus ediciones y el manejo concienzudo de su información, ningún otro “papel bajo el brazo” como la revista transmite información artística –al menos en la rama de las artes plásticas- con la semejante fidelidad. Desde el periodismo cultural que se ejerce en las publicaciones de revista, se analiza, critica, expone y defienden definiciones de corrientes y técnicas, autores y movimientos. Incluso han sido las revistas culturales las que por mucho tiempo han sido bandera y portavoz de nuevas escuelas, como el caso del modernismo en la Revista Azul.
Para el caótico siglo XIX mexicano, el periodismo cultural constituiría una especie de caja fuerte de las letras. En las publicaciones de revistas se generarían y difundirían las novelas, cuentos, poemas y obras de teatro que la inestabilidad de la nación impedía a ratos se compartieran, expusieran, criticaran, comentaran y montaran en escuelas, tertulias y teatros. A este respecto, la República Literaria sería un verdadero valuarte de las letras en el occidente de México, y muy probablemente sin su existencia el paso entre neoclasicismo, romanticismo y realismo sería difícil de entender.
Quizá convenga hacer aquí un breve recuento sobre lo que fue el siglo XIX mexicano en lo histórico, y aclarar que de esto mucho tocó a Jalisco como región importante del territorio nacional. En los años posteriores a la revolución armada de 1810, México vivió dos invasiones y una intervención, sin contar los varios conatos de eso mismo; por lo menos tres formas de gobierno, entendiéndose repúblicas, imperios y dictaduras; el paso del poder de una posición ideológica a la otra, en múltiples ocasiones; la huída de un presidente y la elaboración de tres constituciones. En menos de 90 años, nuestro país vivió lo que otras naciones han tardado siglos enteros en recorrer.
Y en medio de todo ese desastre, entre balas, cañones y espuelas, México no dejó de hacer literatura. La República Literaria es muestra de ello.
Nacida en 1886, sus editores se propusieron de pronto la tarea de generar una publicación que diera lugar a toda pluma que se apreciara de tener cierta calidad, y cuyo esfuerzo estuviera centrado, como en el de toda publicación de formato revista, en darle valía a los contenidos con ilustraciones, adecuada combinación de tipografías y un buen manejo de la paginación.
Al respecto, no había excusas: con una circulación quincenal, sus elaboradores tenían tiempo de sobra, entre sus múltiples actividades (todos ellos veían en La República Literaria no una empresa dadora de sustento diario, sino una actividad a modo de hobby), para generar números que hoy constituyen, en las ediciones facsimilares a las cuales se tiene acceso, verdaderos orgullos jaliscienses y mexicanos por ende.
En muestra de esto, expone Felipe Garrido en su prólogo a la edición del tercer tomo de La República Literaria las palabras de José López Portillo y Rojas, uno de los principales editoras de la revista cultural, acerca del surgimiento de la publicación, exponiéndola más como una ocurrencia que como un proyecto con fines de sustento económico:
A principios de 1886 solíamos reunirnos varios amigas en la librería de don Eusebio Sánchez. En aquel local semejante a un templo, al grato olor de los volúmenes y saboreando una y otra caña de excelente manzanilla, nos entregábamos a conversaciones literarias. Deplorábamos la carencia de una publicación consagrada exclusivamente a las letras, donde pudiesen hallar cabida las producciones de todos los cultivadores jaliscienses;(…) Una mañana de tantas en que nos entregábamos a las mismas consideraciones, don Eusebio (…) nos exhortó a que fundásemos una publicación de ese género. Era preciso contar con que el importe de la impresión debería ser cubierto por los mismos redactores, pues sabido es que en nuestro país no se costean estas empresas; necesitábamos, pues, varios compañeros de buena voluntad (…) Manuel Álvarez del Castillo, Luis Pérez Verdía y yo lo acometimos a sabiendas.

En lo literario y en lo editorial, La República Literaria fue, pese a la corta duración de su circulación –mal común en las publicaciones literarias y culturales en general no sólo en el México del siglo XIX, sino también en el de la actualidad-, un verdadero guardián de las letras en medio del caos de la guerra y los constantes cambios en el orden político y social. Con su sensible actividad en pro del resguardo de la literatura y la crítica artística, el pensamiento sensible y los motivos de la inteligencia emocional de toda una época, la romántica mexicana, La República Literaria contribuyó, como intentaron hacerlo otras muchas revistas culturales de la época, a que hoy día podamos acceder a textos y autores cuya vida literaria y creativa se hubiera perdido, entre saqueos, golpes de estado y dictaduras, en los pasillos de la memoria colectiva.
Basta como ejemplo de ello un listado breve de sus múltiples colaboradores, hoy verdaderos baluartes de la literatura mexicana, serios exponentes de lo literaria y latinoamericanamente mexicano: Federico F. Alatorre, Gustavo Baz, Antonio Becerra y Castro, Manuel Caballero, Ramón de Campoamor, Salvador Díaz Mirón, Manuel M. Flores, Manuel M. González, Joaquín González Camargo, Manuel Gutiérrez Nájera, Jorge Isaacs, José López Portillo y Rojas, Manuel José Othón, Ricardo Palma, Juan de Dios Peza, Guillermo Prieto, Manuel Puga y Acal, Ignacio Ramírez, Victoriano Salado Álvarez, Esther Tapia de Castellanos, Luis G. Urbina y Antonio Zaragoza.
Dichos autores deambulan entre prácticamente todos los géneros posibles: “largas novelas publicadas a través de varios números, como La muerta, de Octave Faullet, (...) ensayos sobre la poesía europea y mexicana (…) Un lugar especial merecen las crónicas de Álvarez del Castillo (…) Los temas y los autores extranjeros abundaron: Guillermo Tell, Marat, Goethe, Heine, Miguel Ángel, Sacher-Masoch, Hugo, Taine (…)”
Entonces es posible decir que nos encontramos ante un material periodístico-cultural que en cierta medica contribuyó a la definición de nuestra identidad nacional: con el resguardo de autores hoy fundamentales de las letras mexicanas, La República Literaria miró al futuro de una patria y a la necesidad impostergable de un conjunto de símbolos nacionales que nos dieran constitución y cohesión como grupo social, partícipes de una misma historia.
Además está el hecho de que nadie puede dudar del lugar preferencial que ocupa el periodismo en el desarrollo de la Historia. Ya como simple cronista, ya como ordenadora de la realidad vía la interpretación de sus hechos, ya como protagonista, la actividad periodística nunca ha negado su fuerte influencia en la definición de nuestro rumbo como patria. La Historia nacional, y con ella la identidad mexicana, le deben al periodismo literario del siglo XIX, incluida La República Literaria, mucho más que el simple acceso a textos y autores hoy imprescindibles: le deben la creación de algo que llamamos “tradición”, y que constituye parte esencial de nuestro “sentir” patriótico mexicano.
Quizá, al final de todo este ensayo, resulte arriesgado asegurar que sin el periodismo cultural y las revistas literarias del siglo XIX, el arte mexicano, al menos en lo que a las letras se refiere, hubiera podido seguir su curso, desarrollarse y llegar a los albores del siglo XX con el suficiente garbo para su participación en el modernismo y su apertura a las vanguardias. Se puede, sin embargo, asegurar que nuestras letras y artes les deben en mucho nuestros modos presentes de entender la literatura y acceder a ella. Sin las revistas decimonónicas, quizá no leeríamos más, pero seguramente leeríamos, escribiríamos, interpretaríamos y hasta editaríamos distinto. La República Literaria está viva, presente, sonante. Es parte de todo jalisciense cercano a su cultura.

Bibliografía.
- Tapia de Castellanos, Esther, et. Al. La República Literaria. Revista de Ciencias, Letras y Bellas Artes. Año II. Tomo III. (edición facsimilar). Grupo San Carlos: México, 2005. 786 pp.
- ------------------------------------------ La República Literaria. Revista de Ciencias, Letras y Bellas Artes. Año I. Tomo III. (edición facsimilar). Gobierno del Estado de Jalisco: México, 1990. 839 pp.

miércoles, 2 de junio de 2010

Virtuoso Escritor

José Rosas Moreno, el poeta de los niños, personaje destacado del siglo XIX, nació en Lagos de Moreno Jalisco en 1838, lugar donde muere a la edad de cuarenta y cinco años. Rosas Moreno, el conservador ilustrado, es un ejemplo de escritor olvidado a pesar del reconocimiento que su obra sustenta, en su activa vida literaria. Autor de una amplia y bellísima obra, inspirada sin duda, por una extrema sensibilidad y un espacio histórico agitado, de cambios importantes y fundamentales que le tocó vivir.

José Rosas Moreno pasó en Lagos de Moreno Jalisco los primeros seis años de su infancia. Marcado profundamente por la tragedia de su tío abuelo el ilustre, Pedro Moreno, luchador insurgente asesinado y utilizado como ejemplo de escarmiento a los insurgentes. Su cabeza prendida en una pica y chorreando sangre fue paseada ante el pueblo. Relato estrujante que escuchó en voz de su abuela materna repetidamente. En 1884 la familia se traslada a vivir a León Guanajuato en donde el autor continuó su educación y estudió latinidad. Se relacionó entonces con círculos literarios, formados por jóvenes ávidos de cambio, de conocimiento, con ideales políticos liberales y un gran amor por la poesía. Es ahí, en León Guanajuato donde el escritor desarrolló gran parte de su vida política e intelectual.

Amigo de escritores y poetas como Ignacio Ramírez, Guillermo Prieto, y Manuel Payno por mencionar algunos, con quienes compartía veladas literarias y enriquece su saber. José Rosas Moreno es el primer escritor mexicano que escribe poesías a los niños y es fundador del periodismo infantil, dirigió también publicaciones periódicas, como La edad feliz, Los chiquitines, La educación y el Ferrocarril. Dedicados éstos, a los niños y a sus madres a quienes el autor considera la influencia más importante para trasmitir valores. Escribe además teatro para niños, por ejemplo, Flores y espinas, presentada en el Teatro de la Ciudad de León en 1861 y acogido con gran aplauso. En 1872 publicó el libro Fábulas, texto adoptado para servir de libro de lecturas de las escuelas municipales y prologado por Manuel Altamirano quien asegura que en su género, es lo más notable que se había producido en México. Como poeta cultivó formas clásicas y románticas, compiladas bajo el título de Poesías y luego como Hojas de Rosa y Ramo de violetas en 1891. Poesía honesta y descriptiva que celebra las virtudes, describe la serenidad de la vida del campo y exalta la belleza del valle en que nació. Escribe además comedias y drama, Sor Juana Inés de la Cruz, Los parientes de mi mujer, Un proyecto de divorcio, El año Nuevo, Amor filial. Comprometido además profundamente con la educación de los niños de México, escribe textos didácticos para aprender a leer, a escribir, y a estudiar historia. Sus textos como EL libro de la infancia se editó por quinta vez en 1893, Las lecciones de moral en verso se publicó por vigésima segunda vez en 1969 y el Nuevo libro segundo alcanzó la cuadragésima sexta edición.

Rosas Moreno como muchos escritores de la segunda mitad del siglo XIX desempeñó cargos públicos combinando así su quehacer literario al participar activamente con la vida política de su país. Rosas reflejó y promovió el movimiento ilustrado, pero sin abandonar su sentimiento religioso. Además de políticos, muchos escritores fueron luchadores sociales. Al buscar y luchar por la salvación de la sociedad, de la República, Rosas pensaba también en la salvación del hombre. Rosas Moreno, fundó y dirigió a la Sociedad de Enseñanza Popular que atendía escuelas públicas, nocturnas o para obreros, demostrando así una gran sensibilidad social y compromiso.

La herencia literaria de los escritores de la provincia a la literatura mexicana, ha sido muy importante para figurar el concepto de lo mexicano, anhelo de todos los escritores mexicanos de mitad del siglo XIX. Rosas Moreno, experimentó con formas literarias más libres, pero no abandonó las formas clásica que pueden parecer ambivalentes, rasgos neoclásicos y románticos que en su literatura se integran perfectamente. Los temas que predominan dentro de su obra son la educación, la historia nacional, la niñez y los valores de virtud y nostalgia.

José Rosas Moreno, orgullo de Jalisco, es una de las figuras más prominentes y uno de los autores más representativos del Romanticismo en México. Un escritor que con su discurso literario ejerció una influencia positiva en muchas generaciones. Una persona, un ser humano, que evoluciona y se convierte en un personaje trascendente, un ser con historia vinculado a su tiempo que a través de su valiosa obra literaria permanece.

Laura Landeros Zuno